​Yalena de la Cruz

Columnista de la Página 15,  La Nación

 

“Suena el despertador; 4 am. Hora de levantarse para prepararme para el viaje a la Reserva Las Brisas. A las 5.30 am estoy ya en el carro que maneja Luis Fernando, con una invisible maleta cargada de ilusión! El día anterior ha sido extraordinario, y la montaña –pienso- habrá de permitirme verlo aún en mayor perspectiva: desde el silencio roto por el canto de las aves, desde la pureza del aire que baila entra los árboles, desde esas ausencias que sentimos porque anhelamos…Tras el desayuno, un corto viaje en carro, y ¡a caminar! Soy simplemente acompañante de un grupo de fotógrafos, interesados en las aves del bosque. Cargan sus lentes y sus cámaras, con la esperanza de capturar una buena imagen… con la esperanza de interpretar el lenguaje de la naturaleza que hay que descifrar afinando el ojo para ver lo que, de otra forma, podría pasar inadvertido.

 

Estoy en medio de la montaña y tengo mente y corazón divididos entre el San José que dejé atrás y el mundo verde que se abre, majestuoso, a cada paso en que nos internamos en el bosque. El vuelo de las mariposas, el ave que con asombro miro por primera vez, la textura del musgo, todo se carga de recuerdos… de esos recuerdos que cargamos en la piel y en el alma y brotan, como milagro, sin explicarnos cómo… Subimos la primera plataforma. 20 metros. La vista es majestuosa y nos permite apreciar, con gran detalle una panorámica del bosque. Seguimos el camino… ¡han pasado ya varias horas! El encuentro con una escalera que parece subir al cielo nos invita a bailar mentalmente la canción y genera la expectativa de qué podremos ver cuando lleguemos al final, que no se mira desde la tierra que pisamos. Subo cada escalón viendo cómo, a cada paso, la perspectiva cambia. Definitivamente, todo depende del ángulo con que se mire. A 40 metros de altura, el equivalente de un edificio de unos 10 o 12 pisos, está la pequeña plataforma sobre las copas de los árboles. Si vemos hacia abajo, no divisamos el piso… si vemos hacia el frente, el horizonte se abre infinito. Desafío la altura y el vacío. Sostenida de una barra, saco de la plataforma mi cuerpo hasta la altura del codo, y quedo así, colgando en el vacío. La sensación es de plena libertad; de aire fresco; de vencer desafíos. Espero haberme traído conmigo esa fuerza vital de romper límites, de no tener miedo allí donde podríamos flaquear… de ser capaces de asumir riesgos por el solo deseo de vivir plenamente, intensamente…”

 

© 2019 Las Brisas Reserve.

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